jueves, 20 de diciembre de 2012

También muere el Sol

No me extrañó que junto a ti pudiera ver el Sol sin lastimar mis ojos, desde nuestro balcón podíamos ver el horizonte anaranjado uniforme, frente a el se encontraban los edificios de una ciudad chaparra, como bloques de ceniza blanca, vieja y polvorienta  que se distorsionaba por el ardor de este invierno infernal. Aun así usabas traje negro y corbata. Disfrutabas del paisaje o de mi compañía, y yo de la tuya. Pronto el blanco Sol en el horizonte estalló en llamas naranjas y comenzó a cuartearse y a mostrarse rojo, estallidos con formas como de delicadas alas de mariposa que relamen el espacio en su vuelo. Mi corazón se contrajo de tristeza. El bondadoso sol, incluso él tiene que morir. Pensé en un río, un venado, hojas verdes mojadas de rocío, pensé en la frescura de la sombra y del viento. Incluso el Sol tiene que morir algún día y con el todos nosotros.

Tras la primera explosión siguió el pequeño Mercurio, que cada vez se hacía más grande ya que el Sol nos atraía, rápido y constante, entonces Marte, lo vi explotar también. Aunque todo temblaba horrorosamente, nuestro balcón seguía en pie, y nuestra calma no se iba, incluso te noté aburrido. El calor se hacía más intenso, sabía que seguíamos nosotros y todos los que estábamos parados sobre el planeta, porque tanta benevolencia nunca es gratuita. Tu cara me confirmó el porqué de tu traje -aun en este momento sabes que me encanta-, el cielo comenzó a ser celeste y verde por las alas de mariposa que ávidas nos engullían, escuché de tu voz las últimas palabras que me decían con un leve reproche y resignación cómica: -A ti te gusta cualquier hombre con traje.-

Me conoces tan bien, que te amo. Mis mejillas y labios comenzaron a arder, como lo hace la piel sensible expuesta a la corrosión, entonces cerré mis ojos, así sabía que comenzaba a ser parte del universo, lloraba no mi muerte, si no la del sol, las plantas, el agua y el viento. Abrí mis ojos sólo para ver la suave superficie cambiante de la gran estrella, en colores verde esperanza, -feo y soso, el que nadie quiere en la caja de colores pero es muy útil en ocasiones-, amarillo gentil -el que los niños usan para pintar el sol- y celeste del lado cálido del espectro, -este sólo lo puedes ver cuando mueren las estrellas, me imagino que lo habrás visto-.

Creo que por fín conocí mis costillas.

Lo acepto, me persigné como símbolo de mi ignorancia a esta nueva situación irrepetible, fue difícil hacerlo, es posible que ya no tuviese dedos o brazo, sólo quedaba conciencia, dejé de ver o cerré mis ojos. Luego también mi conciencia despareció, con la sensación de estar agradecida por tener la oportunidad de ver morir al Sol y cesar de existir ambos con nuestros cuerpos actuales, de formar uno sólo con el hermoso universo de estrellas en el que por muy poco tiempo floté y al que pedí perdón por no amarte como debí.

Entonces nacimos otra vez, ahora al lado del mar y su ambiente salado, al que odio, pero considero, por dejarme apreciar el radiante cielo azul, que se asoma cuando salgo del gran bosque de pinos, al que amo. En medio de estos gigantes vivimos, tú con tu traje negro y yo con mi ropa de verano, otra vez. Y si te soy franca, a ti, al universo y a las estrellas, sé que debido a mi vanidad nunca te amaré como quisiera, ni cómo debería, ni al mar, ni a tí, talvez sean cuestiones de carácter, ambos son muy parecidos, serenos, lejanos, pesados, vehementes.

Nunca lo podré hacer, así vea mil soles explotar.

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