No me extrañó que junto a ti
pudiera ver el Sol sin lastimar mis ojos, desde nuestro balcón podíamos ver el
horizonte anaranjado uniforme, frente a el se encontraban los edificios de una
ciudad chaparra, como bloques de ceniza blanca, vieja y polvorienta que se distorsionaba por el ardor de este
invierno infernal. Aun así usabas traje negro y corbata. Disfrutabas del
paisaje o de mi compañía, y yo de la tuya. Pronto el blanco Sol en el horizonte
estalló en llamas naranjas y comenzó a cuartearse y a mostrarse rojo, estallidos con formas como de delicadas alas de mariposa que relamen
el espacio en su vuelo. Mi corazón se contrajo de tristeza. El
bondadoso sol, incluso él tiene que morir. Pensé en un río, un venado, hojas
verdes mojadas de rocío, pensé en la frescura de la sombra y del viento.
Incluso el Sol tiene que morir algún día y con el todos nosotros.
Tras la primera explosión siguió
el pequeño Mercurio, que cada vez se hacía más grande ya que el Sol nos atraía, rápido y constante, entonces Marte, lo vi explotar también. Aunque todo temblaba horrorosamente,
nuestro balcón seguía en pie, y nuestra calma no se iba, incluso te noté
aburrido. El calor se hacía más intenso, sabía que seguíamos nosotros y todos
los que estábamos parados sobre el planeta, porque tanta benevolencia nunca es gratuita.
Tu cara me confirmó el porqué de tu traje -aun en este momento sabes que me
encanta-, el cielo comenzó a ser celeste y verde por las alas de mariposa que
ávidas nos engullían, escuché de tu voz las últimas palabras que me decían con
un leve reproche y resignación cómica: -A ti te gusta cualquier hombre con
traje.-
Me conoces tan bien, que te amo.
Mis mejillas y labios comenzaron a arder, como lo hace la piel sensible
expuesta a la corrosión, entonces cerré mis ojos, así sabía que comenzaba a ser
parte del universo, lloraba no mi muerte, si no la del sol, las plantas, el
agua y el viento. Abrí mis ojos sólo para ver la suave superficie cambiante de
la gran estrella, en colores verde esperanza, -feo y soso, el que nadie quiere
en la caja de colores pero es muy útil en ocasiones-, amarillo gentil -el que
los niños usan para pintar el sol- y celeste del lado cálido del espectro,
-este sólo lo puedes ver cuando mueren las estrellas, me imagino que lo habrás
visto-.
Creo que por fín conocí mis costillas.
Lo acepto, me persigné como
símbolo de mi ignorancia a esta nueva situación irrepetible, fue difícil
hacerlo, es posible que ya no tuviese dedos o brazo, sólo quedaba conciencia,
dejé de ver o cerré mis ojos. Luego también mi conciencia despareció, con la
sensación de estar agradecida por tener la oportunidad de ver morir al Sol y
cesar de existir ambos con nuestros cuerpos actuales, de formar uno sólo con el
hermoso universo de estrellas en el que por muy poco tiempo floté y al que pedí
perdón por no amarte como debí.
Entonces nacimos otra vez, ahora
al lado del mar y su ambiente salado, al que odio, pero considero, por dejarme
apreciar el radiante cielo azul, que se asoma cuando salgo del gran bosque
de pinos, al que amo. En medio de estos gigantes vivimos, tú con tu traje negro
y yo con mi ropa de verano, otra vez. Y si te soy franca, a ti, al universo y a
las estrellas, sé que debido a mi vanidad nunca te amaré como quisiera, ni cómo
debería, ni al mar, ni a tí, talvez sean cuestiones de carácter, ambos son muy
parecidos, serenos, lejanos, pesados, vehementes.
Nunca lo podré hacer, así vea mil soles explotar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario